Decepción

Por Gladys Trujillo

Generalmente la vida le ofrece a las personas lo que buscan, indistintamente de que lo quieran o no, a cada quién le toca lo que por derecho le corresponde.

Pero a veces falta ese algo más que haga distinguir a la oportunidad al “bueno” de los “iguales”

No tener un plan a veces nos hace ser “iguales” a los otros y la oportunidad pasa de largo. A veces no es posible alcanzarla. Otras veces sí.

Eso justamente le pasó a Diana el día que se dio cuenta de que su soberbia y exceso de confianza no suplían las cualidades como la determinación y esfuerzo, aún con un millón de toneladas de talento.

Ella era muy buena para la música, excelente, tanto así que se ganó una beca para un conservatorio muy reconocido cuando un directivo la escuchó tocar el piano en la clase que tomaba a la vuelta de su casa. Le dio las bases para que la solicitara y la ganó inmediatamente.

Nunca le faltaron los elogios y los pronósticos de un futuro prometedor. La chica empezó a creérselo… De más, porque de repente era muy arrogante, al grado de que ni sus profesores la soportaban.

Sí, era cierto que su genialidad para la música no tenía comparación con la de sus compañeros, pero de eso a que respondiera de forma grosera, o que faltara a clases y ensayos con el pretexto de “Yo me pongo al día sola porque nadie me lleva el paso” era una completa falta de respeto, de profesionalidad, compromiso y humildad.

Al final del curso nadie le hablaba, sólo un profesor que en el fondo la entendía porque de cierto modo eran similares, se le acercaba y le aconsejaba, aunque ella lo escuchaba a medias porque no quería aceptar su error y no entendería (al profesor) hasta que fuera consciente de ello.

Y no tardó tanto en toparse con la primera dificultad para empezar a comprender lo estúpido de su actitud.

Obvio que como era la mejor, terminó el curso con honores, pero la cubeta de agua le cayó encima cuando se dio cuenta de que no sabía donde empezaría a buscar empleo, no conocía a nadie que pudiera servirle por lo menos de contacto, y las personas que le servirían para eso no eran precisamente parte de sus amistades. Aparte, la fama que se había hecho no le convino en nada, porque las recomendaciones que se daban de ella eran: “Es  muy buena, pero su actitud no le ayuda en nada, te sacará el programa, pero va a ser muy difícil que se acople al grupo. Crea muchos problemas”.

Por mucho que sea el talento, la disposición es más importante, más cuando se trata de trabajo en grupo.

Supo de dos orquestas pequeñas que necesitaban un piano, pero ninguna le gustó porque consideraba que su talento estaba siendo desperdiciado. Las dejó.

Se deprimió y en el fondo sabía que era su culpa. Su ex profesor una vez se le dijo de manera directa. Le gritó  y dejó de hablarle. A veces es difícil aceptar los errores, más cuando son completamente propios, y peor si no hay nadie a quién culpar.

Sus compañeros que no eran muy dotados ya tenían trabajo, incluso un violinista que no era muy diestro dado que tenía problemas de oído fue integrado a una banda de fusión, que combinaba sonidos clásicos y rock pesado.

Se alegró por el chico porque si a alguien le había costado trabajo sacar la carrera fue a él, pero le daba rabia saber que aún sabiendo cuál era su problema no pudiera superarlo.

Lo peor vino cuando la necesidad de pagar sus propias cuentas la llevó a aceptar un trabajo en un banco.

El primer día hizo un depósito a una cuenta errónea, semanas después entregó dinero de más que tuvo que pagar de su bolsa, y el acabose llegó cuando hizo el pago de un cheque sin fondos.

La regañaron como nunca en la vida, de no ser por su orgullo habría llorado, no podía entender cómo había terminado ahí, ella nunca entendió los números y por eso se había dedicado de lleno a las notas. ¿Cómo es posible no hacer lo que se quiere por ser una idiota? ¿En qué mundo se desperdicia así el talento por simple soberbia?

A las dos semanas dejó ese empleo.

Rebuscó por toda su habitación los datos de los grupos que había rechazado.

Ninguno la aceptó pero en el último lugar que visitó  le dieron el dato de otro grupo que necesitaba su sonido.

Fue. En otro momento habría volteado la espalda con solo mirar. Era un grupo pequeño. Sabía que muy difícilmente podrían pagarle a tiempo. Pero en cuanto empezó a interpretar las notas de la partitura supo que estaba ahí por la música y nada más.

Así se alejó de su depresión y por fin, por primera vez en  la vida, ofreció disculpas… aunque sólo pudo hacerlo por teléfono.

-¿Hola?- contestó una voz entrecortada por la interferencia al otro lado de la línea.

-¿Carlos? Soy Diana, ¿Te acuerdas de mí?

-Diana, hola, ¡qué gusto! Cómo no recordarte si eras mi favorita.

-Bueno, el sentimiento es mutuo. Supe fuiste a Berlín.

-Sí, tomé un curso de apreciación musical para usarlo con los estudiantes, ¿Cómo ves? Pero dime, ¿Qué se te ofrece?

-Bueno, la cosa está así: sólo quiero ofrecerte disculpas por el arranque de la última vez.

-¿Todavía te acuerdas?

-Por eso justo te llamé, de verdad lo siento.

-¿Al menos sabes ya por qué te dije lo que te dije?

-Sí, y el día que lo entendí encontré trabajo en la música.

-¡Hey! Eso me da mucho gusto, sabía que entenderías.

-Sí, la soberbia no deja nada bueno.

-No me refería a eso.

-¿Entonces?

-Pues a que el talento encuentra la forma de manifestarse aún si estás en su contra.

-Tarde, pero sí, y te agradezco.

-Yo sólo te puse al borde de la idea.

-Aún así, de no ser por eso no sé si siguiera sentada esperando a la Filarmónica de Viena.

-No creo, nunca fuiste tonta.

-Bueno, esa es la cuestión, ahora te dejo.

-Bien, espero que ahora no dejes de hablarme cuando me necesites.

-Lo haré.

Después de eso, Diana volvió a la música y a la vida.

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