“Te quiero mucho Lily”

Por Gladys Trujillo

Diana era una niña de 7 años que, como generalmente se dice (o debería decirse) era normal, saludable, y feliz, no le hacía falta nada, si acaso un hermano, pero por azares del destino sus padres no habían podido dárselo, y a la larga, nunca se lo dieron, dado que, sin saber que estaba embarazada, su madre había perdido un bebé hacía unos pocos meses.

Sin embargo, debido a lo confuso que resulta para los niños comprender la muerte, y más cuando se trata de un ser que jamás vieron, la tristeza se le pasó pronto. Pero sus padres notaron que desde ese momento la niña no actuaba como solía hacerlo.

En ocasiones se quedaba sentada sola en su cuarto, como pensando, pero siempre que le preguntaban si le sucedía contestaba: “No, no tengo nada”.

A veces sus padres notaban que hablaba sola, era raro porque siempre buscaba con quién platicar, incluso si sus padres estaban ocupados encontraba un interlocutor, su perro, las flores del jardín de su casa o sus muñecos. En esas ocasiones en que Diana contaba historias al viento, su madre intentaba ver con quién platicaba y de repente Diana se quedaba callada.

Una vez el papá tuvo la idea de llevarla al psicólogo, para descartar que fuera algo más grave que platicar con amigos imaginarios.

El especialista le dijo que la niña estaba lejos de ser esquizofrénica o paranoica, que en un tiempo se le pasaría.

-No me grites Lily- dijo Diana una vez que estaba en su cuarto.-Sí, ya sé que te gusta mi cuaderno, pero te dije que no te lo voy a regalar-. Hubo un momento de silencio y continuó- Sí, este está bonito, pero el que yo te dí también está padre, y aparte, ya lo rayaste.

Eso lo escuchó su madre y se alarmó, su hija nunca hablaba sola y menos con alguien con nombre, eso sin mencionar que cuando le preguntaban sobre Lily, ella decía que no conocía ninguna niña con ese nombre.

Esta vez el psicólogo le dijo a Diana que debía saber quién era Lily porque a sus papás les preocupaba que hablara con ella y dijera que no sabía quien era.

-Está bien, te voy a decir, pero es un secreto.

-No te preocupes Diana, no le diré a nadie.

-Bueno, ya sabes que yo tengo una hermana.

-Sí y…- pero en ese momento Diana la interrumpió.

-Y está muerta y por eso está en el cielo.

-Sí Diana, lo sé.

-Pues ella es Lily, yo le puse ese nombre, a veces me visita, por eso no estoy triste de que esté en el cielo.

-¿Y qué te dice?

-Que está muy contenta, y que el cielo está bonito y una vez que estaba llorando, me dijo que no estuviera triste. A veces le habla a mi mamá, pero no la escucha.

-A veces los adultos no vemos las cosas que los niños sí.

-Por eso me pide que le de besos a mi mami, como si ella se los diera.

La sesión terminó algunos minutos después, el doctor no sabía si decirle o no a los padres dado que era un tema demasiado sensible pues aún tomaban terapia para superar la muerte de la hermana de Diana.

Les dijo. Los padres lloraron un rato sin que Diana los viera porque no querían asustarla, pero de cierta manera les sirvió de alivio, si Diana creía que Lily estaba bien y llevaba de buena manera el duelo, los padres a la larga podrían superarlo.

Dos años después la mamá de Diana notó que la niña ya no hablaba con Lily.

Diana nunca dejó de hacerlo, cada noche antes de dormir fingía que rezaba y le contaba a Lily cómo había estado su día. Sus conversaciones siempre terminaban con : “Te quiero mucho Lily”.

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