Los grises

Por Gladys Trujillo

Imagen ilustrativa que no representa alguna de las situaciones narradas

Imagen ilustrativa que no representa alguna de las situaciones narradas

Los grises

Por Gladys Trujillo

Un hombre de arriba de 50 años (sucio, con un costal en un hombro) se sube a un camión de la ruta 646 que circula por la avenida Lázaro Cárdenas  a la altura de la Clínica 46 del IMSS, en 8 de julio (Guadalajara) . Se acomoda en un asiento amarillo, el que va alineado a la puerta de la unidad y se asoma a la ventana. Comienza a gritar:

-¡Hijos de su puta madre! Les voy a romper su madre. Un bombazo y a ver qué hacen.

El receptor del mensaje es evidente sólo para él, a quien le sigue gritando en el tramo de la clínica al Mercado de Abasto.

No parece estar dentro de sus cabales, pero no olvidó pagar el pasaje, con el importe exacto.

A pesar de que el camión va lleno, nadie quiere ocupar el asiento contiguo a este curioso pasajero.

Una mujer de edad indeterminada, ya que el tiempo no es el único responsable de su aspecto descuidado y envejecido, entra al Seven Eleven de 16 de septiembre e Hidalgo.

Camina de prisa y le va mentando la madre a alguien:

-¡Cabrón! ¡Cómo lo odio! Hijo de la chingada. Lo voy a matar.

Siempre se refiere a un hombre. Mientras sigue hablando sola, llega al fondo de la tienda, abre un refrigerador y saca una Pepsi de 600 mililitros. Va hacia la caja, sigue maldiciendo, paga su refresco, da las gracias, sale del establecimiento y continúa amenazando al “cabrón”.

A veces estos personajes que deambulan por las calles de Guadalajara, conocidos como mendigos, indigentes, vagabundos y un largo etcétera, no están tan “locos” como parecen, o se les percibe en ocasiones.

Una vez, una mujer lavaba su ropa en una de las fuentes que está al lado del templo Aránzazu (uno de los templos gemelos), ubicada sobre la calle 16 de septiembre.

Pues bien, dicha señora tallaba su ropa contra la orilla de la fuente, la sumergía en el agua verde, la sacaba, la exprimía y repetía la operación.

Nadie dijo algo, y parecía ser ignorada.

Tal vez la ropa no habrá quedado limpia en su totalidad, pero esta mujer cumplió a cabalidad con el siguiente dicho popular: “Pobre sí mugros@ no”.

Sin embargo, el color gris de su ropa, su cuerpo y su aspecto general no se fue.

Estas personas siempre son grises.

Los cubre capas de mugre, tierra, basura que les queda pegada de las banquetas en las que duermen. También están manchados de deposiciones propias y ajenas.

Eso sin contar que también sobre ellos hay tristeza, abandono y olvido (más difíciles de quitar), lo cual hace que en las noches parezcan un simple bulto oscuro arrinconado en algún pilar, esquina o portal del centro de Guadalajara.

A veces pareciera que son seres disfuncionales de un sistema al que no pudieron adaptarse, como el caso de Hugo, un contador que con la devaluación de 1994 perdió todo, casa, dinero, esposa e hijos. Se volvió loco y se quedó en la calle. Su rumbo era la colonia Ferrocarril, donde se le escuchaba hacer cuentas.

Sin embargo, a pesar de su demencia, pagan los pocos (tirándole a nulos) servicios que pueden pagar: transporte público o artículos de tienda.

-Chofer, baja a esos vatos, apestan bien feo.

-No amigo, no puedo, ellos pagaron su boleto, igual que tú y no puedo negarles el servicio.

¿La frase clave de la conversación? Igual que tú.

Persona, con brazos, piernas y derechos.

 

  1. Un excelente artículo, muchas gracias

    ¿Qué dice de nosotros, como sociedad, el que nos demos el lujo de “tirar” esas personas a la calle?

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